Sinodo de Obispos: los Jóvenes, la Fe, y el Discernimiento Vocacional. 3ra Parte

III LA ACCIÓN PASTORAL

¿Qué significa para la Iglesia acompañar a los jóvenes a acoger la llamada a la alegría del Evangelio, sobre todo en un tiempo marcado por la incertidumbre, por la precariedad y por la inseguridad?

El propósito de este capítulo es concentrar la atención en lo que implica tomar en serio el desafío del cuidado pastoral y del discernimiento vocacional, teniendo en consideración cuáles son los sujetos, los lugares y los instrumentos a disposición. En este sentido, reconocemos una inclusión recíproca entre pastoral juvenil y pastoral vocacional, aun siendo conscientes de las diferencias. No se tratará de una panorámica exhaustiva, sino de indicaciones que se deben completar sobre la base de las experiencias de cada Iglesia local.

1. Caminar con los jóvenes

Acompañar a los jóvenes exige salir de los propios esquemas preconfeccionados, encontrándolos allí donde están, adecuándose a sus tiempos y a sus ritmos; significa también tomarlos en serio en su dificultad para descifrar la realidad en la que viven y para transformar un anuncio recibido en gestos y palabras, en el esfuerzo cotidiano por construir la propia historia y en la búsqueda más o menos consciente de un sentido para sus vidas.

Cada domingo los cristianos mantienen viva la memoria de Jesús muerto y resucitado, encontrándolo en la celebración de la Eucaristía. Muchos niños son bautizados en la fe de la Iglesia y continúan el camino de la iniciación cristiana. Esto, sin embargo, no equivale aún a una elección madura de una vida de fe. Para ello es necesario un camino, que a veces también pasa a través de vías imprevisibles y alejadas de los lugares habituales de las comunidades eclesiales. Por esto, como ha recordado el Papa Francisco, «la pastoral vocacional es aprender el estilo de Jesús, que pasa por los lugares de la vida cotidiana, se detiene sin prisa y, mirando a los hermanos con misericordia, les lleva a encontrarse con Dios Padre» (Discurso a los participantes en el Congreso de pastoral vocacional, 21 de octubre de 2016). Caminando con los jóvenes se edifica la entera comunidad cristiana.

Precisamente porque se trata de interpelar la libertad de los jóvenes, hay que valorizar la creatividad de cada comunidad para construir propuestas capaces de captar la originalidad de cada uno y secundar su desarrollo. En muchos casos se tratará también de aprender a dar espacio real a la novedad, sin sofocarla en el intento de encasillarla en esquemas predefinidos: no puede haber una siembra fructífera de vocaciones si nos quedamos simplemente cerrados en el «cómodo criterio pastoral del “siempre se ha hecho así”», sin «ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades» (Evangelii gaudium, 33). Tres verbos, que en los Evangelios connotan el modo en el que Jesús encuentra a las personas de su tiempo, nos ayudan a estructurar este estilo pastoral: salir, ver y llamar.

Salir

Pastoral vocacional en este sentido significa acoger la invitación del Papa Francisco a salir, en primer lugar, de esas rigideces que hacen que sea menos creíble el anuncio de la alegría del Evangelio, de los esquemas en los que las personas se sienten encasilladas y de un modo de ser Iglesia que a veces resulta anacrónico. Salir es también signo de libertad interior respecto a las actividades y a las preocupaciones habituales, a fin de permitir a los jóvenes ser protagonistas. Encontrarán atractiva a la comunidad cristiana cuanto más la experimenten acogedora hacia la contribución concreta y original que pueden aportar.

Ver

Salir hacia el mundo de los jóvenes requiere la disponibilidad para pasar tiempo con ellos, para escuchar sus historias, sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias, compartiéndolas: esta es la vía para inculturar el Evangelio y evangelizar toda cultura, también la juvenil. Cuando los Evangelios narran los encuentros de Jesús con los hombres y las mujeres de su tiempo, destacan precisamente su capacidad de detenerse con ellos y el atractivo que percibe quien cruza su mirada. Esta es la mirada de todo auténtico pastor, capaz de ver en la profundidad del corazón sin resultar intruso o amenazador; es la verdadera mirada del discernimiento, que no quiere apoderarse de la conciencia ajena ni predeterminar el camino de la gracia de Dios a partir de los propios esquemas.

Llamar

En los relatos evangélicos la mirada de amor de Jesús se transforma en una palabra, que es una llamada a una novedad que se debe acoger, explorar y construir. Llamar quiere decir, en primer lugar, despertar el deseo, mover a las personas de lo que las tiene bloqueadas o de las comodidades en las que descansan. Llamar quiere decir hacer preguntas a las que no hay respuestas preconfeccionadas. Es esto, y no la prescripción de normas que se deben respetar, lo que estimula a las personas a ponerse en camino y encontrar la alegría del Evangelio.

2. Sujetos

Todos los jóvenes, sin excepción

Para la pastoral los jóvenes son sujetos y no objetos. A menudo, de hecho, son tratados por la sociedad como una presencia inútil o incómoda: la Iglesia no puede reproducir esta actitud, porque todos los jóvenes, sin excepción, tienen el derecho a ser acompañados en su camino.

Además, cada comunidad está llamada a prestar atención especial sobre todo a los jóvenes pobres, marginados y excluidos, y a convertirlos en protagonistas. Ser cercanos a los jóvenes que viven en condiciones de mayor pobreza y dificultad, violencia y guerra, enfermedad, discapacidad y sufrimiento es un don especial del Espíritu, capaz de hacer resplandecer el estilo de una Iglesia en salida. La misma Iglesia está llamada a aprender de los jóvenes: de ello dan un testimonio luminoso muchos jóvenes santos que continúan siendo fuente de inspiración para todos.

Una comunidad responsable

Toda la comunidad cristiana debe sentirse responsable de la tarea de educar a las nuevas generaciones y debemos reconocer que son muchas las figuras de cristianos que la asumen, empezando por quienes se comprometen dentro de la vida eclesial. También deben apreciarse los esfuerzos de quien testimonia la vida buena del Evangelio y la alegría que de ella brota en los lugares de la vida cotidiana. Por último, deben valorizarse las oportunidades de implicación de los jóvenes en los organismos de participación de las comunidades diocesanas y parroquiales, empezando por los consejos pastorales, invitándoles a contribuir con su creatividad y acogiendo sus ideas aunque parezcan provocadoras.

En todas las partes del mundo existen parroquias, congregaciones religiosas, asociaciones, movimientos y realidades eclesiales capaces de proyectar y ofrecer a los jóvenes experiencias de crecimiento y de discernimiento realmente significativas. A veces esta dimensión proyectiva deja espacio a la improvisación y a la incompetencia: es un riesgo del cual defenderse tomando cada vez más en serio la tarea de pensar, concretizar, coordinar y realizar la pastoral juvenil de modo correcto, coherente y eficaz. Aquí también se impone la necesidad de una preparación específica y continua de los formadores.

Las figuras de referencia

El rol de adultos dignos de confianza, con quienes entrar en alianza positiva, es fundamental en todo camino de maduración humana y de discernimiento vocacional. Se necesitan creyentes con autoridad, con una clara identidad humana, una sólida pertenencia eclesial, una visible cualidad espiritual, una vigorosa pasión educativa y una profunda capacidad de discernimiento. A veces, por el contrario, adultos sin preparación e inmaduros tienden a actuar de manera posesiva y manipuladora, creando dependencias negativas, fuertes malestares y graves contratestimonios, que pueden llegar hasta el abuso.

Para que haya figuras creíbles, debemos formarlas y sostenerlas, proporcionándoles también mayores competencias pedagógicas. Esto vale en particular para quienes tienen confiada la tarea de acompañantes del discernimiento vocacional en vista del ministerio ordenado y de la vida consagrada.

Padres y familia: dentro de cada comunidad cristiana se debe reconocer el insustituible rol educativo desempeñado por los padres y por otros familiares. Son en primer lugar los padres, dentro de la familia, quienes expresan cada día en el amor que los une entre sí y con sus hijos el cuidado de Dios por cada ser humano. En este sentido son valiosas las indicaciones ofrecidas por el Papa Francisco en un específico capítulo de Amoris laetitia (cfr. 259-290).

Pastores: el encuentro con figuras ministeriales, capaces de implicarse realmente en el mundo juvenil dedicándole tiempo y recursos, gracias también al generoso testimonio de mujeres y hombres consagrados, es decisivo para el crecimiento de las nuevas generaciones. Lo recordó también el Papa Francisco: «Se lo pido especialmente a los pastores de la Iglesia, a los obispos y a los sacerdotes: sois los responsables principales de la vocación sacerdotal y cristiana, y esta tarea no puede ser relegada a una oficina burocrática. Vosotros también habéis experimentado un encuentro que cambió vuestra vida, cuando otro sacerdote… hizo sentir la belleza del amor de Dios.Haced lo mismo vosotros, saliendo,escuchando a los jóvenes – hace falta paciencia –podéis orientar sus pasos» (Discurso a los participantes en el Congreso de pastoral vocacional, 21 de octubre de 2016).

Docentes y otras figuras educativas: muchos docentes católicos están comprometidos como testigos en las universidades y en las escuelas de todo orden y grado; en el mundo del trabajo muchos están presentes con competencia y pasión; en la política muchos creyentes tratan de ser fermento de una sociedad más justa; en el voluntariado civil muchos se dedican a trabajar por el bien común y por el cuidado de la creación; en la animación del tiempo libre y del deporte muchos están comprometidos con entusiasmo y generosidad. Todos ellos dan testimonio de vocaciones humanas y cristianas acogidas y vividas con fidelidad y compromiso, suscitando en quien los ve el deseo de hacer lo mismo: responder con generosidad a la propia vocación es el primer modo de hacer pastoral vocacional.

3. Lugares

La vida cotidiana y el compromiso social

Convertirse en adultos significa aprender a gestionar con autonomía dimensiones de la vida que son al mismo tiempo fundamentales y cotidianas: la utilización del tiempo y del dinero, el estilo de vida y de consumo, el estudio y el tiempo libre, el vestido y la comida, y la vida afectiva y la sexualidad. Este aprendizaje, al que los jóvenes se enfrentan inevitablemente, es la ocasión para poner orden en la propia vida y en las propias prioridades, experimentando caminos de elección que pueden convertirse en una escuela de discernimiento y consolidar la propia orientación con vistas a las decisiones más importantes: la fe, cuanto más auténtica es, tanto más interpela a la vida cotidiana y se deja interpelar por ella. Merecen una mención particular las experiencias, a menudo difíciles o problemáticas, de la vida laboral o de la falta de trabajo: estas también son ocasión para acoger o profundizar la propia vocación.

Los pobres gritan y junto con ellos la tierra: el compromiso de escuchar puede ser una ocasión concreta de encuentro con el Señor y con la Iglesia y de descubrimiento de la propia vocación. Como enseña el Papa Francisco, las acciones comunitarias con las que se cuida de la casa común y de la calidad de vida de los pobres «cuando expresan un amor que se entrega, pueden convertirse en intensas experiencias espirituales» (Laudato Si', 232) y, por lo tanto, también en ocasión de caminos y de discernimiento vocacional.

Los ámbitos específicos de la pastoral

La Iglesia ofrece a los jóvenes lugares específicos de encuentro y de formación cultural, de educación y de evangelización, de celebración y de servicio, colocándose en primera línea para dar una acogida abierta a todos y a cada uno. El desafío para estos lugares y para quienes los animan es proceder cada vez más en la lógica de la construcción de una red integrada de propuestas, y asumir en el proprio modo de obrar el estilo de salir, ver y llamar.

- A nivel mundial destacan las Jornadas Mundiales de la Juventud. También Conferencias Episcopales y Diócesis sienten cada vez más su deber de ofrecer eventos y experiencias específicas para los jóvenes.

- Las Parroquias ofrecen espacios, actividades, tiempo e itinerarios para las jóvenes generaciones. La vida sacramental ofrece ocasiones fundamentales para crecer en la capacidad de acoger el don de Dios en la propia existencia e invita a la participación activa en la misión eclesial. Un signo de la atención al mundo de los jóvenes son los centros juveniles y los oratorios.

- Las universidades y las escuelas católicas, con su valioso servicio cultural y formativo, son otro instrumento de presencia de la Iglesia entre los jóvenes.

- Las actividades sociales y de voluntariado ofrecen la oportunidad de implicarse en el servicio generoso; el encuentro con personas que experimentan pobreza y exclusión puede ser una ocasión favorable de crecimiento espiritual y de discernimiento vocacional: también desde este punto de vista los pobres son maestros, mejor dicho, portadores de la buena noticia de que la fragilidad es el lugar donde se vive la experiencia de la salvación.

- Las asociaciones y los movimientos eclesiales, pero también muchos lugares de espiritualidad, ofrecen a los jóvenes serios itinerarios de discernimiento; las experiencias misioneras se convierten en momentos de servicio generoso y de intercambio fecundo; el redescubrimiento de la peregrinación como forma y estilo de camino resulta válido y prometedor; en muchos contextos la experiencia de la piedad popular sostiene y nutre la fe de los jóvenes.

- Ocupan un lugar de importancia estratégica los seminarios y las casas de formación, que también a través de una intensa vida comunitaria, deben permitir a los jóvenes que acogen vivir la experiencia que les hará a su vez ser capaces de acompañar a otros.

El mundo digital

Por las razones ya recordadas, merece una mención particular el mundo de los new media, que sobre todo para las jóvenes generaciones se ha convertido realmente en un lugar de vida; ofrece muchas oportunidades inéditas, especialmente en lo que se refiere al acceso a la información y a la construcción de relaciones a distancia, pero también presenta riesgos (por ejemplo el ciberacoso, los juegos de azar, la pornografía, las insidias de los chat room, la manipulación ideológica, etc.). Pese a las muchas diferencias entre las distintas regiones, la comunidad cristiana continúa construyendo su presencia en este nuevo areópago, donde los jóvenes tienen sin duda algo que enseñarle.

4. Instrumentos

Los lenguajes de la pastoral

A veces nos damos cuenta que entre el lenguaje eclesial y el de los jóvenes se abre un espacio difícil de colmar, aunque hay muchas experiencias de encuentro fecundo entre las sensibilidades de los jóvenes y las propuestas de la Iglesia en ámbito bíblico, litúrgico, artístico, catequético y mediático. Soñamos con una Iglesia que sepa dejar espacios al mundo juvenil y a sus lenguajes, apreciando y valorando la creatividad y los talentos.

En particular, reconocemos en el deporte un recurso educativo con grandes oportunidades, y en la música y en las otras expresiones artísticas un lenguaje expresivo privilegiado que acompaña el camino de crecimiento de los jóvenes.

El cuidado educativo y los itinerarios de evangelización

En la acción pastoral con los jóvenes, donde es necesario poner en marcha procesos más que ocupar espacios, descubrimos, en primer lugar, la importancia del servicio al crecimiento humano de cada uno y de los instrumentos pedagógicos y formativos que pueden sostenerlo. Entre evangelización y educación se constata una fecunda relación genética que, en la realidad contemporánea, debe tener en cuenta la gradualidad de los caminos de maduración de la libertad.

Respecto al pasado, debemos acostumbrarnos a itinerarios de acercamiento a la fe cada vez menos estandarizados y más atentos a las características personales de cada uno: junto a los que continúan siguiendo las etapas tradicionales de la iniciación cristiana, muchos llegan al encuentro con el Señor y con la comunidad de los creyentes por otra vía y en edad más avanzada, por ejemplo a partir de la práctica de un compromiso con la justicia, o del encuentro en ámbitos extraeclesiales con alguien capaz de ser testigo creíble. El desafío para las comunidades es resultar acogedoras para todos, siguiendo a Jesús que sabía hablar con judíos y samaritanos, con paganos de cultura griega y ocupantes romanos, comprendiendo el deseo profundo de cada uno de ellos.

Silencio, contemplación y oración

Por último, y sobre todo, no hay discernimiento sin cultivar la familiaridad con el Señor y el diálogo con su Palabra. En particular, la Lectio Divina es un método valioso que la tradición de la Iglesia nos ofrece.

En una sociedad cada vez más ruidosa, que propone una superabundancia de estímulos, un objetivo fundamental de la pastoral juvenil vocacional es ofrecer ocasiones para saborear el valor del silencio y de la contemplación y formar en la relectura de las propias experiencias y en la escucha de la conciencia.

5. María de Nazaret

Encomendemos a María este camino en el que la Iglesia se interroga sobre cómo acompañar a los jóvenes a acoger la llamada a la alegría del amor y a la vida en plenitud. Ella, joven mujer de Nazaret, que en cada etapa de su existencia acoge la Palabra y la conserva, meditándola en su corazón (cfr. Lc 2,19), fue la primera en recorrer este camino.

Cada joven puede descubrir en la vida de María el estilo de la escucha, la valentía de la fe, la profundidad del discernimiento y la dedicación al servicio (cfr. Lc 1,39-45). En su “pequeñez”, la Virgen esposa prometida a José, experimenta la debilidad y la dificultad para comprender la misteriosa voluntad de Dios (cfr. Lc 1,34). Ella también está llamada a vivir el éxodo de sí misma y de sus proyectos, aprendiendo a entregarse y a confiar.

Haciendo memoria de las «cosas grandes» que el Todopoderoso ha realizado en Ella (cfr. Lc 1,49), la Virgen no se siente sola, sino plenamente amada y sostenida por el “No temas” del ángel (cfr. Lc 1,30). Consciente de que Dios está con ella, María abre su corazón al “Heme aquí” y así inaugura el camino del Evangelio (cfr. Lc 1,38). Mujer de la intercesión (cfr. Jn 2,3), frente a la cruz del Hijo, unida al “discípulo amado”, acoge nuevamente la llamada a ser fecunda y a generar vida en la historia de los hombres. En sus ojos cada joven puede redescubrir la belleza del discernimiento, en su corazón puede experimentar la ternura de la intimidad y la valentía del testimonio y de la misión.

Sinodo de Obispos 2018